martes, 3 de marzo de 2009

El qué, cómo, cuando y dónde de las joyas.

La historia de la joyería es tan antigua como el ser humano. Se han encontrado collares de más de treinta mil años que demuestran como el acto de adornarnos con abalorios ha jugado un papel crucial a nivel social y político. Las joyas comunican por sí mismas. Pueden emplearse para dejar claro quién es quién, como es el caso de la corona imperial que porta la Reina de Inglaterra cada año en la apertura del Parlamento, o bien, a niveles más accesibles, ofrecer una ingente cantidad de información acerca de la personalidad de aquel que las luce. Según qué piedras o diseños deduciremos si alguien es tímido, divertido, valiente….
El mero hecho de que las piedras preciosas, el oro y el platino sean elementos escasos y de difícil extracción en nuestro planeta concede un valor añadido a estas creaciones. El gusto por las joyas, a su vez, no reside exclusivamente en los materiales, sino también en el diseño y confección de las mismas. La laboriosidad con la que los judíos en plena Edad Media tallaban las piedras preciosas les convirtió en una de las razas más envidiadas del planeta. Mitos como el del Rey Midas reflejan la obsesión que puede alcanzar el hombre por el oro. Sin llegar a esos extremos, en este artículo vamos a ver cómo se deben lucir las joyas y qué significado tiene cada piedra.
Sólo se consideran piedras preciosas los diamantes, los rubíes, las esmeraldas y los zafiros. Mientras que amatistas, turquesas, ónice o malaquita se ubican en el grupo de semi-preciosas. Valorar objetivamente una piedra preciosa en su conjunto precisa de un gran conocimiento y capacidad de observación. Sin embargo, a grandes rasgos, podemos decir que se ponderan cuatro variables: pureza, color, tipo y calidad de la talla. La pureza hace referencia a la no existencia de inclusiones o manchas, a menos manchas mayor pureza. El color se refiere a la intensidad del mismo en cada piedra, en el caso de los rubíes por ejemplo, se valora mucho más un rubí rojo intenso (denominado sangre de paloma) que un rubí rosa. La talla de dicha piedra se refiere a cómo ha sido tallada puesto que dependiendo del número de “cortes” o incursiones en la piedra, ésta reflejará la luz de una manera u otra. Debo añadir, desde el punto de vista de la imagen que “lo bueno viene en frasco pequeño”, es decir, no es cuestión de llevar la piedra más grande sino la más fina y mejor tallada.
El ser humano, dada su necesidad de comunicar, ha otorgado a lo largo de los siglos distintos significados a las piedras con el fin de transmitir un mensaje a través de éstas. Así pues, el diamante representa el amor eterno y por ello se debe regalar entre parejas que se aman, en momentos de compromiso, pedidas y aniversarios. El rubí se asocia a la pasión, de ahí que sean muchos los amantes que hacen este tipo de regalo, tal y como hizo Nicolás Sarkozy con Carla Bruni a través del anillo Dior Coeur Romantique. El zafiro, en cambio, siempre ha ido de la mano de la amistad fiel y duradera, lo cual amplía el abanico de posibilidades a la hora de regalarlo sin caer en errores de interpretación. La esmeralda por su parte, representa la felicidad. En resumidas cuentas, si queremos regalar una joya, y el receptor de tal no es nuestra pareja, optaremos por zafiros y esmeraldas, mientras que si sí lo es nos decidiremos por brillantes o rubíes.
Imagino que os habréis dado cuenta de que conocer el significado y valor de las piedras no es suficiente para portarlas con elegancia, efectivamente, así es. Por ello ahora vamos a ver una serie de normas para saber combinarlas con nuestras prendas de ropa y según la ocasión. Existen diversas asociaciones a evitar como son la lana y las joyas excesivamente planas, es evidente que no resaltarán y quedarán ocultas entre la voluptuosidad del tejido. Por otro lado, los tejidos estampados no combinan con las piedras grandes ni con el terciopelo, al hacernos parecer un joyero. Las joyas, dado su valor, deben lucirse. Por tanto, cuellos o mangas de vestidos y camisas que impidan su visión no son recomendables. No sólo las prendas determinan nuestras joyas (o viceversa) sino también el color de nuestra tez y cabello. La mujer castaña de ojos claros luce con especial realce la turquesa, el zafiro y la amatista, mientras que las mujeres de tipo nórdico aportan esplendor a los diamantes y rubíes combinados con oro blanco. La mujer de raza fuerte, latina, debe lucir joyas de oro blanco, o plata con diamantes y rubíes.
Visto cómo combinarlas, no podemos obviar el cómo llevarlas, que también constituye todo un arte. Los collares por ejemplo no deben llevarse muy apretados, sino cerca del cuello, combinados con un escote redondo o un corpiño y pendientes pequeños que no resten importancia a éste. En el caso de los collares largos, se deben combinar con ropa sobria que les haga resaltar en todo su conjunto. Dado que un collar grande exige pendientes pequeños, unos pendientes vistosos a su vez exigen un collar sutil o incluso inexistente. Los broches se llevarán con tejidos gruesos, y no con otros como la seda o el tul. En cuanto a manos y muñecas hay que alejarse del efecto escaparate, a no ser que sean joyas étnicas o de bisutería y la ocasión o la moda, así lo determinen.
Ahora que sabemos qué significa cada piedra, quién debe lucirla, en qué ocasión y de qué manera es el momento de ponerlo en práctica. Dicen que soñar, a pesar de la crisis, sigue siendo gratis.
Por Cristina Hernández.-

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